13.8.06

Extinción o Evolución: Nuestra Opción

EDITORIAL

No cabe duda que a nivel global nos toca enfrentar una situación social y ambiental, cuya principal característica resulta el acelerado y simultáneo crecimiento de la pobreza y la degradación ambiental. Si bien existen múltiples causas subyacentes que nos han llevado a extremos dramáticos, existen cinco axiomas[1] del paradigma dominante que merecen particular atención y a los que Ervin Laszlo ha identificado como las “cinco creencias letales”.

La primera de ellas: la denominada “Ilusión Neolítica”, que hace mención a un período de nuestra prehistoria en el que se registró el advenimiento de la agricultura, marcando un punto de inflexión en el desarrollo de la civilización y dando origen a una visión de la naturaleza, que comienza a ser conceptuada como inexhausta, como algo que no se agota ni se acaba, como “infinita”. Esta verdadera “ilusión” surgida de la ignorancia, reforzada por la codicia y potenciada por el desarrollo tecnológico, nos ha conducido al agotamiento de lo ilusoriamente inagotable y a descubrir la finitud de lo supuestamente infinito.

La segunda creencia letal: el denominado “Darwinismo Social”, que emerge a fines del siglo XIX con las ideas de Herbert Spencer y William Summer quienes extendieron las teorías del naturalista inglés Charles Darwin sobre la evolución de las especies por medio de la selección natural a la evolución social de la humanidad, incorporando a nivel social el concepto de supremacía del más apto, conduciendo a la negación de la solidaridad dentro de la especie y la ayuda mutua (paradójicamente tan común en la naturaleza), estimulando la agresividad en la conducta del ser humano, transformándolo de hermano en enemigo y rival de sus semejantes. El darwinismo social divide al género humano, azuzando a unos contra otros, justificando las guerras fratricidas y la opresión. Por otra parte y tal como lo menciona Esteban Crevari en su compilación publicada en “PaísGLOBAL”: la naciente economía política proclamaba en los albores del siglo XIX la naturalidad de la economía capitalista, y la libre competencia en el mercado como el sistema que mejor expresaba la naturaleza humana. Si bien muchos liberales de la época hicieron votos antirracistas, el laissez faire fue entendido y usado políticamente como justificación a la no intervención frente a las desigualdades. El pensamiento de Spencer era solidario con estas posturas, planteando una no ingerencia del Estado ante los problemas de la pobreza y ante las consecuencias genocidas y etnocidas de la expansión colonial, pues allí se libraría una lucha por la existencia en la que sólo perdurarían los pueblos y los sectores de la sociedad capaces por sí mismos de sobrevivir, los biológicamente superiores. Se iba imponiendo una opinión en la cual “...los pobres eran pobres porque eran biológicamente inferiores, los negros eran esclavos como resultado de una selección natural que ya les había asignado un lugar adecuado para ellos” (Van Den Berghe citado en Lischetti).

La tercer creencia letal: el denominado “Fundamentalismo de Mercado” que resulta ser una suerte de exigencia intransigente de sometimiento a la creencia que el mercado es la respuesta a cualquiera que sea la pregunta; un apego dogmático a los principios de la economía neoliberal o, en otras palabras, la creencia en un “Modelo Económico Único” que puede y debe ser aplicado a toda circunstancia y a todo el mundo. Esta creencia inhibe el reconocimiento de los problemas y las crisis que emergen de la implementación de este modelo y de las diferencias contextuales e institucionales que determinan el desempeño de las economías nacionales. Este fundamentalismo inexorablemente lleva a la sobre-explotación de los recursos del planeta y a ensanchar la brecha entre ricos y pobres.

La cuarta creencia letal: el denominado: “Consumismo” interpretado como la tendencia inmoderada de adquirir, gastar o consumir bienes, no siempre necesarios, originada en la inducida confusión entre “ser” y “tener” como idea de valor humano, que lleva a pensar que más vale quien más consume y posee bienes materiales. El “consumismo” obviamente no resulta saludable ni sustentable, en tanto ha llevado al mundo —particularmente al industrializado— a consumir productos y servicios a un ritmo insustentable, con resultados graves para el bienestar de los pueblos y el planeta.

La quinta y última creencia letal: el “Militarismo”, que es aquella ideología según la cual la fuerza militar es la fuente de toda seguridad, asumiendo que la “paz a través de la fuerza” es la mejor o única forma de conseguir la paz. Su política se resume en el aforismo latino “Si vis pacem, para bellum”; (Si quieres la paz, prepárate para la guerra).

Frente a tales creencias, la Ecoeconomía emerge como una instancia superadora que opone al idealismo neolítico, la racionalidad ecológica; al Darwinismo social, la solidaridad; al consumismo, el consumo responsable; al fundamentalismo de mercado, el funcionamiento del mercado y al militarismo, el pacifismo.

En definitiva, se puede afirmar que a partir de la primera revolución industrial, hemos ido establecido una escala de valores y creencias, que muy rápidamente, en términos históricos, nos han llevado del florecimiento económico a la crisis socio-ambiental. El presuntuosamente autodenominado “Homo sapiens sapiens” devenido hace dos siglos y medio en una suerte de “Homo oekonomicus”, armado de Ilusión Neolítica; Darwinismo Social, Fundamentalismo de Mercado, Consumismo y Militarismo, se encuentra hoy frente a las puertas de una gran bifurcación, en el sentido adoptado por la teoría de los sistemas complejos. Bifurcaciones que se tornan mas frecuentes y mas dramáticas cuando los sistemas que las representan se acercan a sus umbrales críticos de estabilidad, cuando “viven peligrosamente”. Y es así como hoy estamos viviendo.
Frente a la gran bifurcación que se avecina, la alternativa resultará tan clara como única: extinción o evolución. Nuestra, será la opción.

[1] Proposición tan clara y evidente que se admite sin necesidad de demostración.